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En el evento académico del 13 de diciembre  “Los desafíos de Colombia a un año de firmado el acuerdo de paz”, realizado en el auditorio del Gimnasio Moderno, tuve oportunidad de intervenir en los siguientes términos: el conflicto armado con las FARC llegó a su fin efectivamente. La guerrilla abandonó sus armas; sus miembros se concentraron en algunas zonas rurales controladas; y comenzaron su incorporación a la vida civil. El resultado ha sido inobjetable: ni muertos ni heridos nuevos, como consecuencia de una guerra que cuando no era estéril, simplemente se volvía destructora.

 

Lo más significativo, sin embargo, ha sido el efecto simbólico de que la nación superara, así fuera parcialmente, un fenómeno anómalo, que descompone el tejido social; a saber, la forjación por unos y otros de un “enemigo”, como la razón para la construcción de un orden político, una aberración no tan extraña en la azarosa historia de Colombia.

Así las cosas, el desafío mayor para el postconflicto no puede ser otro que el ahondamiento en la eliminación de esa mala práctica, autoritaria y excluyente, de crear enemigos para hacer la política, cuando el resultado solo es la muerte de esta última.

Las dificultades ciertamente continúan y se prolongan en la fragmentación y la desigualdad sociales; también en la producción y apropiación de los recursos ilegales en el mundo regional y local. Con todo, el país debe persistir en la superación de estas taras socioeconómicas; y a la vez aprender a conjurar el peligro de que ellas se traduzcan en el desastre de unos conflictos de  larga duración.

 

RICARDO GARCÍA DUARTE

Rector